A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola:
Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano.
El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano;
ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.
Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.
Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.
Aplicación
Ningún ser humano ante Dios tiene justificación de sus acciones, ni mucho menos de acercarse con un corazón altivo a Dios creyendo que nadie se da cuenta. Todos los seres humanos dependemos de Dios y si alguno esta en pie no es por su elocuencia, ni su posición social, es solamente por la misericordia de Dios que tenemos una nueva oportunidad cada mañana.
Ninguno es menos pecador que otro, todos somos necesitados de Dios diariamente en todos los ámbitos de nuestra vida. Dios al altivo lo mira de lejos.
Referencias
Biblia Reina Valera 1960
























